cervantes

 

Brian tenía tatuada toda la espalda con escenas del Quijote. Desde el cogote hasta los riñones. Brian (de cuyo apellido no quiero acordarme), americano de California, era una matriz andante de Gustavo Doré. El yanqui había estudiado filología hispánica y se doctoraba en no sé qué aspectos sobre la semántica composicional cervantina. Y a la hora de buscar asilo académico, no dudó ni un momento en que debía hacerlo en la cuna natal de su héroe.

 

De mis desventuras con Brian hace ya muchos años y desconozco que habrá sido de su triste figura. Pero en aquellos días me confesaba que le entristecía la minúscula relevancia que su ídolo parecía tener para los habitantes de Alcalá. No es que buscara una especie de Quijotelandia al estilo made in USA. Era simplemente que tenía la referencia de Stratford upon-Avon y una espina en el alma por la envergadura que su archienemigo había transferido a aquel villorrio inglés. Espina que, para mi vergüenza, no tenía yo, oriundo alcalaíno.

 

Brian era un caballero andante anacrónico. En un mundo de Batmans y Supermanes, él optó por idolatrar la locura tierna del noble hidalgo manchego. Y más nos valdría imitarlo. Me hubiera gustado que estuviera en Alcalá este fin de semana. Le enorgullecería ver que por fin, y aunque sea por un día, su amado Cervantes ha gozado de un plantel de opciones culturales a la altura de su legado. Solía decir que en nuestra ciudad debería respirarse el Quijote en cada esquina. Por su culpa he recaído varias veces en su lectura. “¿Por mi culpa? – me decía. – Ni que fuera un castigo. Eso debería hacerlo cada alcalaíno una hora a la semana. Por las calles, por las plazas y por los bares”. Anoche, tras los fuegos artificiales, me volví a casa a leer .

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