Es desmedidamente desconcertante la tendencia de algunos viajeros a minusvalorar determinados aspectos del viaje. Grandes viajeros, reconocidos viajeros, insignes viajeros que, tal vez por esa condición, se consideran aptos para opinar sobre lo superfluo de tal o cual visita o reducir milenarios vestigios de nuestros antepasados a un montón de piedras y escombros. Y esas aseveraciones, si bien respetables como cualquier opinión, pueblan las páginas de revistas y, más a menudo, de libros de literatura de viaje.

Lo más común (supongo que por imitación) es encontrar, entre los elementos mejor valorados, el de la interacción con los individuos que brinda el camino; luego le sigue de cerca la trasnochada búsqueda del uno mismo a través de la soledad; y un tercero que también trufa muchos escritos es el de la interactuación con la naturaleza, ya sea ésta salvaje o urbana. Benditos sean todos ellos, pero rara vez parecen responder a un proyecto racional, dialéctico o deductivo. Son, más bien, el fruto de la eventualidad mundana que relega las experiencias del viaje a un azar que rara vez no sale bien parado. Al menos desde el punto de vista literario, dependiendo de la destreza del juntaletras.

En mi modesta opinión de vagabundo eventual, considero que existe una jerarquía en las cuestiones a observar durante un viaje. En concreto, tres aspectos me resultan significativos y correlativos, y en ese orden incurren en el devenir del mundo: el paisaje, el hombre y la cultura.

La dicotomía del paisaje

El paisaje hay que entenderlo como el conjunto de elementos que integran el escenario por el que se discurre. Los minerales, los vegetales y también los animales. Pero a diferencia de un teatro, este escenario no es simplemente el telón de fondo que ubica la acción. Es un vetusto libro geológico que ha condicionado la estructura del terreno, su clima, su relieve y su erosión. O lo que es lo mismo, el decorado ha condicionado el argumento de la obra.

Sin embargo, en multitud de escritos viajeros, el paisaje queda relegado a una simple descripción, bella y lírica, del emplazamiento que ubica al protagonista y su acción. Eso en el mejor de los casos. Pero pocas veces se llega a discernir que los actos de éstos responden a causas concretas, a través de la observación del paisaje. El viajero debe obligarse a una mirada profunda que le permita extraer esta información, condición primera de todo lo demás.

El hombre como elemento del paisaje

Por supuesto, el hombre es el elemento primordial e ilustre del paisaje. Aunque solamente sea porque regenta la mayor capacidad de transformación sobre el mismo. Pero descontextualizado de su paisaje, sin comprenderlo como un elemento más del mismo, pierde su sentido. El hombre interacciona con el entorno y lo transforma. Es capaz de romper el ciclo natural del Nilo o desecar el Mar de Aral. Pero no deja de ser un castor tendiendo diques o una langosta arrasando una cosecha. El ser humano hace un «macropaisaje» donde debería disfrutar de una variedad de «micropaisajes». Jugando con un as en la manga, claro: el desarrollo tecnológico e industrial y el crecimiento demográfico. La cúspide la pirámide. Pero en definitiva, desde esta perspectiva, nada hace diferente a un bosquimano de un esquimal, o a un maorí de un gallego: todos se adaptan a su paisaje.

La cultura como interiorización del paisaje

Lo que diferencia un viaje al Ártico de un viaje a Yellowstone son los osos. o lo que es lo mismo, cómo el paisaje ha condicionado a los seres vivos que lo habitan. Y en el caso del hombre, esa influencia conforma las culturas. La capacidad del ser humano para asimilar los acontecimientos de su entorno, y tratar de darles forma, motivo y explicación. Amén de generar respuestas espirituales allá donde la lógica no alcanza a dilucidar los hechos. Lo que diferencia al gallego del bosquimano es, únicamente, su cultura. Puede cambiar el color de piel, el ancho de la nariz, el color de los ojos, pero no dejará de ser humano. Lo que realmente marca nuestras diferencias son nuestras conductas, creencias, pasiones, miedos y el resto de sensaciones que hemos inventado para sobrevivir en el entorno.

Como explica Edward O. Wilson en su obra The Meaning of Human Existence, “la evolución cultural es diferente porque es completamente el producto del cerebro humano”, y para su conocimiento “hace falta un contacto íntimo con la gente y el conocimiento de incontables historias personales”. Y así, llegamos al quid de la cuestión, y a la piedra con la que tropieza el viajero que prefiere tomar un café con el primer fulano que se cruza, desdeñando el yacimiento arqueológico que hay al otro lado de la calle, frente al bar: el tiempo. Porque la evolución cultural no es sino el devenir constante de los pensamientos que se tienen sobre ese lugar. Y sin realizar una retrospectiva juiciosa y reposada de esa cultura, actual y antepasada, o de cómo el hombre que realizó esas proezas concebía su entorno y cómo el paisaje fue el detonante de esos pensamientos, el café con ese tipo tan interesante quedará en un mero chascarrillo insustancial de un viaje carente de conceptos.

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