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La realidad del mundo no es real. Está distorsionada. Nuestra percepción objetiva del hecho que acontece está supeditada a variables incontrolables que todos hemos dado por válidas: la cámara del Smartphone del que pasaba por allí, el Tweet ingenioso del actor de turno o el intenso análisis del cuñado ilustrado. Ante semejantes fuentes, todas ellas válidas para los actuales medios de comunicación, a un servidor se le descerraja un abismo de inquietud. Es grande la desazón que genera comprobar que el vulgo se ciñe a semejantes parámetros de irrealidad, que inexorablemente le conducen al miedo.

Anteayer charlaba con el viajero Miquel Silvestre y me mostraba su opinión. “Para conocer el mundo hay que leer literatura de viajes. El periodismo ha muerto. Ya no existen figuras como Hemingway, Twain o Kapuściński, que se colaban en los lugares armados de lápiz y moleskine y plasmaban lo contundente de la vida. Ahora el periodista es un ñu: se mueve en manada, se mata por llegar primero y pisa a su igual si lo considera necesario. Y si algo ocurre más allá, la caterva gira en conjunto. Llegan todos juntos y se marchan a la vez. Ya no hay un editor que mande a Stanley a buscar a Livingstone. Se conforman con corroborar lo que acaban de leer en Facebook. Para conocer la realidad del mundo hoy, hay que leer al escritor de viajes”.

Es por eso que yo exhorto: si por un casual da usted con sus carnes en una librería, busque la sección de Literatura de Viajes. Estará relegada a una, dos estanterías a lo sumo. Allí dormitarán tres o cuatro libros de diversos autores (uno de ellos Javier Reverte, me juego el pescuezo), arropados de guías insustanciales. Lea uno. Lea el mundo. Vale que la realidad que encuentre no responderá al concepto de realidad completa que le brinda la televisión. Pero para eso está un libro, para que su imaginación complete la parte que falta en esa visión subjetiva. Aun así, ese cachito de realidad será real. Olé por haber regresado a la redundancia.

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