El casco en su sitio. La cámara conectada. Los arneses bien apretados y la pequeña polea metálica de dos rotores se engancha en el gran cable de acero que se pierde, a lo lejos, entre la maleza del exhuberante parque nacional del volcán Arenal. Los pies en posición y la mano enfunada en grueso cuero haciendo de timón. Y el resto es adrenalina pura y el viento en la cara, a cientos de metros de altura. Esto sólo puede vivirse en Costa Rica.

 

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