Desde hace unos días, vienen goteando en las redes sociales una serie de vídeos que perturban la sensibilidad, aparentemente sólo occidental, de quienes los visionamos. Un fulano con turbante, otro con poblada barba y el de más allá subido en un bulldozer arrasan, a base de mazo, radial y martillo hidráulico, una serie de obras preislámicas pertenecientes a los yacimientos asirios de Nimrud y otros enclaves. Y el corazón se nos arrebuja con indignación y rabia ante lo que consideramos un atentado. Pero, ¿cuál es la razón última de este dolor? ¿La pérdida de una obra de arte? ¿La de su contenido histórico? ¿O alguna más?

nimrud

Como exponía Aloïs Rigel en su obra El culto a los monumentos, esta sensación de pérdida viene condicionada por el concepto que la humanidad tiene del elemento “historicidad”: “histórico es todo aquello que pertenece a algo que ha existido y que ya no existe más”. Pero siempre bajo el concepto antropológico que se equipara con la propia vida humana de que “lo que alguna vez ha existido y luego ha desaparecido, ya no puede volver a existir nunca más”. Desde esta perspectiva, y en aplicación de la Historia, “todo lo que ha existido constituye un eslabón imprescindible e indesplazable de una cadena evolutiva, o lo que es lo mismo, que todo está condicionado por lo anterior”, y condiciona, por tanto, el propio devenir. Por eso, si desaparece o se erradica uno de esos eslabones, nos quedamos huérfanos de tiempo, y parece que se fuera a romper y quebrar nuestro pasado y nuestra identidad. Pero nada más lejos de la realidad. La historia es un concepto etéreo afín a toda la humanidad, como colectivo, que no puede borrarse ni erradicarse con la mera destrucción de sus monumentos. La Damnatio Memoriae se ha practicado a lo largo de los siglos, de los milenios, con esta o aquella excusa y propósito, y no por ello la historia se ha visto afectada, puesto que la búsqueda de la verdad genera raíces mucho más profundas y ramas mucho más altas y frondosas que las meramente arqueológicas. Destruir un monumento histórico que ya está descubierto, estudiado, catalogado y registrado no tendrá ni debería de conseguir nunca el propósito que buscan quienes lo destruyen…

…salvo que lo que busquen sea generar un daño artístico. Porque “todo monumento histórico es a la vez un monumento artístico”. Y aunque, en la actualidad, contemos con mil y una opciones para reproducir fielmente cualquier obra dañada o destruida, es el hecho de que “se trate del único testimonio conservado de la creación de su época lo que nos hace considerar esa pieza como un monumento artístico absolutamente imprescindible”. Y, por tanto, los hombres del siglo XXI le añadimos un valor. Pero un valor económico: esta antigüedad vale tanto, este yacimiento cuesta tanto visitarlo, este cuadro se cotiza en tanto, o este viaje a tal sitio para ver tales ruinas tiene un precio de tanto. Sin importarnos si es verdad que es un original o no. No nos olvidemos que el Discóbolo de Mirón no deja de ser una réplica de un original que, por desconocido para nosotros, carece de un valor que cede por completo a la propia copia.

Discóbolo en el British Museum

Por tanto, cuando estos señores de barba y martillete destruyen estos monumentos, ¿están atentando contra su valor histórico, su valor artístico, o es un mazazo, literalmente hablando, al valor económico que subyace bajo la explotación de estos monumentos que, en Occidente, consideramos casi de nuestra propiedad? ¿Es realmente eso lo que hace que nos retorzamos de dolor? Porque, en ese caso, ese valor monetario, moderno y subjetivo, debería importarnos un pepino. Los hombres seguiremos deleitándonos con las pinturas de David Roberts, continuaremos haciendo simposios sobre la nariz de la esfinge de Guiza, y no dejaremos de viajar donde podamos decir “aquí se alzaban los budas de Bāmiyān” o “bajo estas ruinas reposa el espíritu de la capital asiria de Nimrud”. Porque si el afán de descubrimiento y el respeto por el conocimiento priman sobre el valor estético y económico de los monumentos, los señores del martillo tendrán la batalla perdida de antemano.

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