Volvemos a girar el reloj de arena de las cuentas atrás. El sábado partiré hacia la puerta del este, la añeja Uzbekistán. El país con la herencia histórica más fascinante de Asia central. Allí aguardan ciudades milenarias que una vez fueron la encrucijada de la ruta comercial más larga y fructífera de todo el globo. Cuenta una leyenda, tal vez historia, que el emperador chino Wu, miembro de la Dinastía Han, decidió contactar y formar alianzas con los reinos del oeste y del noroeste, para hacer frente de forma conjunta a las invasiones cada vez más frecuentes y violentas protagonizadas por tribus nómadas situadas al noroeste de sus fronteras: los hunos. Para acometer esta importante empresa, designó esta misión a su mejor general, Zhang Qian, otorgándole cien de sus mejores guerreros así como presentes de incalculable valor para sellar los pactos militares y políticos. Corría el año 138 a.C. Pero trece años después, el general Zhang Qian regresó a la corte sin ningún éxito aparente, y tan sólo uno de sus soldados volvía con vida. No obstante, pese a que no había establecido ni una sola de las alianzas que buscaba, el general Zhang informó a su emperador sobre la existencia de treinta y seis reinos más allá de la frontera occidental de China, todos ellos ricas potencias comerciales: Persia, Caldea o incluso el Imperio Romano se contaban entre ellas. Así fue como se iniciaron las relaciones diplomáticas y comerciales entre China y las civilizaciones del Valle de Ferghana (hoy Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán). Con ello, los chinos no sólo obtuvieron importantes apoyos para su defensa frente a los hunos, sino que establecieron sus propios productos en los mercados de estos reinos: Bukhara, Khiva o la ancestral Samarkanda. Años más tarde, cuando el general romano Marco Licinio Craso cruzó el Éufrates para conquistar Parthia en el año 53 a. C., se asombró de encontrar en esta tierra un brillante, suave y maravilloso nuevo tejido. Desde entonces, los aristócratas romanos se maravillaron de vestirse con la tela más lujosa y preciada del mundo conocido: había nacido la Ruta de la Seda. Y ahora yo, como ya lo hiciera hace siglos el madrileño Ruy González de Clavijo, emprendo mi particular periplo por las tierras del Emir Temur, más conocido como Tamorlán. ¡Nos vemos por el camino!

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